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EL TIEMPO DUPLICADO: Desde la calle cinco hasta el Oasis

Caminar por la Avenida Libertador, es recordar la larga y angosta Quinta Avenida con sus dos alcabalas a sus extremos que, en tiempos atrás, controlaban el ir y venir de los viajeros, garantizando la tranquilidad de los habitantes de San Felipe e Independencia; asimismo, es tropezarse y atizar las brasas del añejado recuerdo por este pueblo y de las familias y negocios que constituían la sociedad del momento para tratar de volver a lo que el tiempo, en su desbocada carrera hacia final de nuestro días, se tragó sin piedad para darle pasó a una nueva ciudad y a una nueva generación que con responsabilidad contara lo que vivieron y vieron, reafirmando lo escrito por Gilberto Hernández Martínez en la presentación de su obra: San Pablo. Personajes, casos y cosas de un pueblo:

“Quien sepa algo de su pueblo y no lo publique para que otro lo conozca, merece una pela con una rama de Pringamosa.”

Por allá, en la esquina de la calle cinco, después de la bodega “La Casa del Clavo” de don Lucio Blanco donde se compraba uno de los mejores sueros de leche de vaca del sector y de la casa de Juan de Dios Sánchez, donde vivía la niña Rita con sus emblemáticas crinejas y largos fustanes, artesana de muñecas de trapo, y frente a la casa de familia de Melquiades Márquez y su esposa Josefina Martínez de Márquez, se encontraba la bodega “La Popular” de Francisco y Tomás Tovar, hijos de Elías Castillo Bello y Reyes Rafaela Tovar, conocida por todos como “Reyecita Tovar”, entrando al local comercial se podía ver los sacos de arroz, de caraotas, de avena en hojuelas y a los muchos víveres que en esta bodega se vendían, incluyendo la carne macerada con especie que despachaban envuelta en hojas de bijao, y el popular guarapo de piña y papelón, cuyo envase de vidrio se veía desde la misma calle y llamaba la atención del que por allí pasara y que era utilizado por Silverio Guevara, ayudante de extrema confianza, como gancho para amarrar la clientela de “la bodega de los tovares”, como era conocida por todo el sector, que a su izquierda colindaba con la casa de Eduardo Romero e, inmediatamente, la casa materna de Fernando Abarca, esposo de la maestra Margarita Silva.

El bachiller Abarca era un hombre alto y de contextura fuerte, dueño de una camioneta Willy azul con gris en donde se trasladaba todas las tardes al bar Cocorote, ubicado en la sexta avenida, esquina calle doce, y después un Volkswagen gris, con que se trasladaba a su trabajo como ayudante de veterinaria con el dr Suvillaga, quien lo hizo conocedor de todo lo relacionado con el ramo de la Veterinaria, por lo que después de cierto tiempo, al adquirir experiencia, logra establecerse en el negocio de la salud animal, destacándose como el mejor de la zona, por sus conocimientos en el ramo.

Tuvo tres hermanos: Amalia, Francisco y Primo Ricardo Abarca Blanco, ampliamente conocido por el apodo de “El Mocho Primo” por haber perdido una pierna, lo cual no fue impedimento para seguir subiéndose a su bestia e ingresar al pelotón de coleadores del viril deporte venezolano y competir por los trofeos que llevaban las muchachas a la mangas de coleo.

Al lado de esta casa de los Abarca, donde Eustaquio Ramón Abarca y Juana Paula Blanco de Abarca eran los cabezas de familia, se encontraba la casa de la familia Cordero, quienes tenían como vecino el negocio de Félix Camacaro, “El Mercadito” y detrás de este, la bodega de Antero Peña.

Hay otras familias que vivían en esta cuadra, como eran la de Concha Guédez y Víctor Roldan, los Vargas Guédez, prof. Fermín Pérez y María Ojeda de Pérez (recién casados) y la casa donde fue el bar de Pedro Méndez, que estaba ubicado en toda la esquina de la calle cuatro, al frente la quincalla “El Ultimo Tiro” de Pedro Oviedo, oriundo de Caracas, quien la atendía junto con su esposa Agustina Pérez, que por trabajos de construcción de la av. Libertador, se mudan una cuadra más abajo. Al lado, a su izquierda, tenía como vecino la casa de la familia de Juana Calvete y Félix Camacaro y metros más allá, la familia de Vacilicio Parra y Trina Mirelis de Parra, en cuya casa funcionó la perfumería “Los siete poderes”.

En la esquina de la calle tres, la familia Chiuchiareli Clementi y pasando la calle, la bodega de los caraqueños y al frente la competencia de Pedro Villegas con su bodega, entre la casa de Vicente Martínez y Rafaela Cafasso de Martínez y la de Bernabé Montiel y de Ángela Pinto de Montiel, la Escuela Cecilio Acosta, dirigida por la maestra Hilda Garrido de Torrealba, quien casó con Carlos Torrealba, un hábil comerciante dueño del almacén “La Equidad”, ubicado en sexta Avenida entre calles once y doce al lado de Miguel Ángel Baldo y familia; al frente de la mencionada Escuela en la casa de Inocencio Guédez vivía alquilado la familia de Adolfo Pérez, inmigrante español quien llego con su esposa desde la Islas Canarias huyendo de la dictadura de Francisco Franco.

Adolfo Pérez era herrero de ocupación, hombre alto y fornido, a quien, por sus ideas socialistas, la gente del barrio lo apodaron “El Soviético”, y al oír el sobrenombre, se arrechaba de una manera tal que, quien lo hiciera, tenía que correr para que no lo jodiera. Su descendencia fueron tres hijos, una hembra de nombre Rosario y dos varones, Adolfo y Javier Pérez Ramos. A causa de la muerte de su esposa, Rosario Ramos de Pérez, decide instalarse en Punto Fijo, estado Falcón, donde tenía numerosa clientela en su oficio.

Al final de la Quinta Avenida nos encontramos con la Capilla El Cristo, El Parque Infantil, La Casa del Maestro y la redoma del Oasis, hoy plaza Trinidad Figueira; pasando la avenida La Paz, enfrente de esta redoma, la casa de familia de Santiago de Jesús Montes y María Evangelista Matos de Montes, quienes en principio vivían en los terrenos donde está ubicado el ministerio del Ambiente y por motivo de la construcción de la segunda etapa de esta avenida se mudan para el caserío El Corozo, de donde era nacido y criado el jefe de la familia Montes Matos, que tiempos después, deciden regresar de nuevo a San Felipe para qué sus hijos fueran a la escuela y en esta ocasión compran a Carmelo Carrillo, un vecino de Cantarrana, la propiedad donde hasta hoy día vive esta familia. Seguidamente, tienen el taller La Paz y a continuación la bomba de gasolina “El Oasis” de Tulio Aponte, que después con el tiempo pasó a llamarse Yurubi, que desde sus inicios presta servicios en toda la esquina enfrente de la familia Díaz y, al lado, la casa de familia de Antonio Guédez, y Evangelina Flores de Guédez, mujer de agradable sonrisa, quien adornaba su patio con helechos de alegres verdes, con hermosas begonias y bellas orquídeas que eran su gran pasión, donde posteriormente instalan un taller de auto escape y silenciadores para vehículos: y a partir de allí, para continuar camino a El Corozo, se debía atravesar el puente y pasar por la alcabala, construidos durante el cruel régimen del “BAGRE DICTADOR”.

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