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Hamas y Fatah quieren un frente común palestino ante la “traición” árabe

La brecha en el mundo árabe abierta por Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Bahréin se verá compensada por una mayor unidad en el campo palestino. Así por lo menos lo expresan las facciones de Hamas y Fatah que controlan, respectivamente, Gaza y Cisjordania. De hecho, las maniobras de aproximación palestinas –moderadas por la pandemia– empezaron ya tras la conclusión a espaldas de Ramala del plan de anexión de Beniamin Netanyahu, bendecido por Donald Trump.

El príncipe heredero de Abu Dabi, Mohamed bin Zayed, es el auténtico motor de esta aceleración de la historia, aunque haya evitado salir en la foto. Una apuesta de riesgo, dado el precedente de los acuerdos de Camp David entre Egipto e Israel.

Lapid, líder opositor israelí, dice a Netanyahu que “con quien debe negociar la paz es con los palestinos”

Por su parte, el rey de Bahréin –emir, antes de elevarse de categoría en el 2002– ha enviado también a su ministro de Exteriores. En cualquier caso, este pequeño reino insular no depende de sí mismo, sino de la base estadounidense de la Quinta Flota –los británicos están terminando la suya– y de la voluntad de Riad.

El largo puente que une Arabia Saudí con Bahréin vio pasar, en el 2011, a los tanques saudíes que aplastarían las demandas democratizadoras de la mayoría chií frente al monarca suní.

Bahréin, que contó en su día con una pequeña comunidad judía, jamás habría movido ficha sin el beneplácito de Riad. Aunque Arabia Saudí se resistirá a hacer lo propio, en tanto que guardiana de La Meca y Medina. No cederá tan fácilmente la bandera palestina y del islam suní a Qatar y su más estrecho aliado, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan. Así que hasta la prensa oficialista saudí –es decir, toda ella– sigue refiriéndose a Jerusalén como “la ciudad ocupada”.

Una debilidad añadida es que la reconciliación a la carta con Tel Aviv no parece formar parte de un proyecto democratizador de la región, sino todo lo contrario. De hecho, los acuerdos de Camp David no solo acabaron con la vida del presidente egipcio, Anuar al Sadat. Acaso solo han podido mantenerse sacrificando la democracia en Egipto, hasta hoy.

Esto es algo que está lejos de inquietar a los autócratas de Arabia Saudí, Emiratos o Bahréin. Si a eso añadimos la común aversión al régimen iraní, que no ha cejado de ganar influencia tras las sucesivas chapuzas estadounidenses en la región, el acercamiento a Israel había de caer por su propio peso. Este era un secreto a voces en varios países del Pérsico, así que lo de ayer fue la salida del armario.

Sin embargo, ni el citado Qatar, ni tampoco Kuwait, van a seguir esa estrella. Omán, país ya visitado por Netanyahu, es otra cosa.

Cuesta valorar el grado de conformidad en los paraísos artificiales de Manama o Dubái, donde más que una calle árabe lo que hay son centros comerciales y un cóctel de nacionalidades, junto a unos cientos de miles de súbditos, con sus derechos coartados.

Pero ni siquiera esto hubiera sido posible si la causa palestina no hubiera perdido tirón, consumida por décadas de errores, corrupción y déficits democráticos, con un presidente, Mahmud Abas, elegido en el lejano 2005 y un Consejo Nacional Palestino suspendido poco después.

Mientras tanto, en Israel, el jefe de la oposición, el centrista Yair Lapid, ha exclamado que “con quien debe negociar la paz Netanyahu es con los palestinos”, aun recomendando a estos “que abandonen el papel de víctimas y sean proactivos de una vez”.

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